¿Qué es poesía?

Tu pupila es azul, y cuando ríes
Su claridad suave me recuerda
El trémulo fulgor de la mañana
Que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul y cuando lloras
Las transparentes lágrimas en ella
Se me figuran gotas de rocío
Sobre una violeta.
Tu pupila es azul y si en el fondo
Como un punto de luz radia una idea,
Me parece en el cielo de la tarde
Una perdida estrella.

¿Qué Es Poesía?
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
En mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía!
¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú.


Gustavo Adolfo Bécquer

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Pedro Salinas

Lo que eres
me distrae de lo que dices.

Lanzas palabras veloces,

empavesadas de risas,

invitándome

a ir adonde ellas me lleven.

No te atiendo, no las sigo:

estoy mirando

los labios donde nacieron.

Miras de pronto a los lejos.

Clavas la mirada allí,

no sé en qué, y se te dispara

a buscarlo ya tu alma

afilada, de saeta.

Yo no miro adonde miras:

yo te estoy viendo mirar.

Y cuando deseas algo

no pienso en lo que tú quieres,

ni lo envidio: es lo de menos.

Lo quieres hoy, lo deseas;

mañana lo olvidarás

por una querencia nueva.

No. Te espero más allá

de los fines y los términos.

En lo que no ha de pasar

me quedo, en el puro acto

de tu deseo, queriéndote.

Y no quiero ya otra cosa

más que verte a ti querer.



Ayer te besé en los labios.

Te besé en los labios. Densos,

rojos. Fue un beso tan corto

que duró más que un relámpago,

que un milagro, más.

El tiempo

después de dártelo

no lo quise para nada

ya, para nada

lo había querido antes.

Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;

estoy solo con mis labios.

Los pongo

no en tu boca, no, ya no

—¿adónde se me ha escapado?—.

Los pongo

en el beso que te di

ayer, en las bocas juntas

del beso que se besaron.

Y dura este beso más

que el silencio, que la luz.

Porque ya no es una carne

ni una boca lo que beso,

que se escapa, que me huye.



Perdóname po ir así buscándote

tan torpemente, dentro de ti.

Perdóname el dolor, alguna vez

Es que quiero sacar de ti tu mejor tú.

Ese que no te viste y que yo veo

nadador por u fondo, preciosísimo.

Y cogerlo

y tenerlo yo en alto como tiene

el árbol la luz última

que le ha encontrado al sol.

Y entonces tú

en su busca vendrías, a lo alto.

Para llegar a él

subida sobre ti, como te quiero

tocando ya tan sólo a tu pasado

con las puntas rosadas de tus pies,

en tensión todo el cuerpo, ya sacendiendo

de ti a ti misma.

Y que mi amor entonces le conteste

la nueva criatura que tú eras.



La forma de querer tú

es dejarme que te quiera.

El sí con que te me rindes

es el silencio. Tus besos

son ofrecerme los labios

para que los bese yo.

Jamás palabras, abrazos,

me dirán que tú existías,

que me quisiste: jamás.

Me lo dicen hojas blancas,

mapas, augurios, teléfonos;

tú, no.

Y estoy abrazado a ti

sin preguntarte, de miedo

a que no sea verdad

que tú vives y me quieres.

Y estoy abrazado a ti

sin mirar y sin tocarte.

No vaya a ser que descubra

con preguntas, con caricias,

esa soledad inmensa

de quererte sólo yo.



Tú no puedes quererme:

estás alta, ¡qué arriba!

Y para consolarme

me envías sombras, copias,

retratos, simulacros,

todos tan parecidos

como si fueses tú.

Entre figuraciones

vivo, de ti, sin ti.

Me quieren,

me acompañan. Nos vamos

por los claustros del agua,

por los hielos flotantes,

por la pampa, o a cines

minúsculos y hondos.

Siempre hablando de ti.

Me dicen:

«No somos ella, pero

¡si tú vieras qué iguales!»

Tus espectros, qué brazos

largos, qué labios duros

tienen: sí, como tú.

Por fingir que me quieres,

me abrazan y me besan.

Sus voces tiernas dicen

que tú abrazas, que tú

besas así. Yo vivo

de sombras, entre sombras

de carne tibia, bella,

con tus ojos, tu cuerpo,

tus besos, sí, con todo

lo tuyo menos tú.

Con criaturas falsas,

divinas, interpuestas

para que ese gran beso

que no podemos darnos

me lo den, se lo dé.



Entre tu verdad más honda

y yo

me pones siempre tus besos.

La presiento, cerca ya,

la deseo, no la alcanzo;

cuando estoy más cerca de ella

me cierras el paso tú,

te me ofreces en los labios.

Y ya no voy más allá.

Triunfas. Olvido, besando,

tu secreto encastillado.

Y me truecas el afán

de seguir más hacia ti,

en deseo

de que no me dejes ir

y me beses.

Ten cuidado.

Te vas a vender, así.

Porque un día el beso tuyo,

de tan lejos, de tan hondo

te va a nacer,

que lo que estás escondiendo

detrás de él

te salte todo a los labios.

Y lo que tú me negabas

—alma delgada y esquiva—

se me entregue, me lo des

sin querer

donde querías negármelo



Si tú supieras que ese

gran sollozo que estrechas

en tus brazos, que esa

lágrima que tú secas

besándola,

vienen de ti, son tú,

dolor de ti hecho lágrimas

mías, sollozos míos!

Entonces

ya no preguntarías

al pasado, a los cielos,

a la frente, a las cartas,

qué tengo, por qué sufro.

Y toda silenciosa,

con ese gran silencio

de la luz y el saber,

me besarías más,

y desoladamente.

Con la desolación

del que no tiene al lado

otro ser, un dolor

ajeno; del que está

solo ya con su pena.

Queriendo consolar

en un otro quimérico

el gran dolor que es suyo



No quiero que te vayas

dolor, última forma

de amar. Me estoy sintiendo

vivir cuando me dueles

no en ti, ni aquí, más lejos:

en la tierra, en el año

de donde vienes tú,

en el amor con ella

y todo lo que fue.

En esa realidad

hundida que se niega

a sí misma y se empeña

en que nunca ha existido,

que sólo fue un pretexto

mío para vivir.

Si tú no me quedaras,

dolor, irrefutable,

yo me lo creería;

pero me quedas tú.

Tu verdad me asegura

que nada fue mentira.

Y mientras yo te sienta,

tú me serás, dolor,

la prueba de otra vida

en que no me dolías.

La gran prueba, a lo lejos,

de que existió, que existe,

de que me quiso, sí,

de que aún la estoy queriendo.


Algunos fragmentos de "La voz a ti debida"

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